martes, 25 de noviembre de 2008

La ciudad y el ajolote: símbolos de mexicanidad en El reposo del fuego de José Emilio Pacheco



La ciudad y el ajolote:

Símbolos de mexicanidad en El reposo del fuego de José Emilio Pacheco

Por Javier Villaseñor Alonso

(Publicado en Opción, Revista del alumnado del ITAM, N. 151.)

Uno de nuestros más grandes poetas, José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939)[1], en 1966, publicaba su segundo libro de poemas con un título enigmático: El reposo del fuego. Anclado en la tradición de Heráclito, en la que el fluir del tiempo y el devenir serán dos pilares para un sistema de pensamiento, El reposo del fuego es un libro-poema[2], elegiaco, reflexivo y luminoso.

Aunque menor en extensión, pero continuando con la tradición de hacer un libro-poema, como Piedra de sol de Octavio Paz, o Muerte sin fin de José Gorostiza[3], en el caso de la tradición lírica mexicana, El reposo del fuego es un texto sumamente profundo por su contenido simbólico y alegórico, como suele ocurrir con los grandes o largos poemas. La ciudad, y en concreto la ciudad de México, aparecerá como representación de los turbios momentos que atravesaba el país al final de los años sesenta, así como un elemento que hará cuestionarnos sobre nuestra propia identidad mexicana. Aparece también un pequeño animal auténticamente mexicano que será el símbolo del poeta para reflexionar sobre nuestra circunstancia nacional: el ajolote. Bajo estos emblemas, El reposo del fuego se desenvuelve como una reflexión sobre nuestra condición efímera y perecedera, y será también el intento por comprender aquello que podemos llamar nuestra mexicanidad.

La región más transparente del aire

La ciudad de México tiene una gran importancia en la historia de nuestra literatura. Los autores que han escrito sobre ella, ensayistas, historiadores, narradores o poetas, son tal vez innumerables. Pensemos tan sólo en dos textos fundamentales en la literatura mexicana sobre la ciudad de México: Grandeza mexicana, de Bernardo de Balbuena y Visión de Anáhuac, de Alfonso Reyes, como antecedentes del escenario que Pacheco nos mostrará en El reposo del fuego.

En Grandeza mexicana, intenso y pulido poema novohispano publicado en 1604, la joven y virreinal ciudad de México, hasta hacía poco Ciudad-Estado Tenochtitlan, aparece entre elogiosos tercetos, como un lugar de riquezas y esperanza:

Tiene esta gran ciudad sobre aguas hechas

firmes calzadas, que a su mucha gente

por capaces que son vienen estrechas[4]

Pero más revelador de sus intenciones es el “Argumento” que precede al poema, una octava que, aunque describía imágenes que aún perviven, en tono y fundamento parecería hoy más bien ingenua:

De la famosa México el asiento,

origen y grandeza de edificios,

caballos, calles, trato, cumplimientos,

letras, virtudes, variedad de oficios,

regalos, ocasiones de contento,

primavera inmortal y sus indicios,

gobierno ilustre, religión, estado,

todo en este discurso está cifrado.[5]

Visión de Anáhuac (1519) escrita por Alfonso Reyes en 1915, es una descripción del Valle de México, sitio donde se erige nuestra ciudad. Para hablar de este lugar, aquel cristalino ensayo comenzaba con un epígrafe de Von Humboldt:

Viajero: has llegado a la región más transparente del aire.[6]

Y Reyes nos hace recordar aquello que el barón de Humboldt notaba: “la extraña reverberación de los rayos solares en la masa montañosa de la altiplanicie central, donde el aire se purifica”[7]. Sobra decir que las condiciones de la ciudad que vieron Balbuena o Von Humboldt son muy distintas el día de hoy.

En El reposo del fuego la preocupación poética que se cierne sobre la ciudad es otra y distinta —difiere en todo sentido del elogio. Aquel lugar que en el poema de Balbuena es puro esplendor y en el ensayo de reyes es transparencia, en El reposo del fuego se ha tornado malestar, ruina y desconsuelo. El trepidante clima social de los años sesenta se ve concluido trágicamente en el año 1968, con los sucesos de Tlatelolco, lo que ya parecía haber profetizado el poema con sus versos iniciales:

Nada altera el desastre: llena el mundo

la caudal pesadumbre de la sangre.[8]

Cuando es el momento de hablar de su contexto, de la ciudad que habita el poeta, el hablante denuncia y repudia, por medio de una alegoría bastante nítida, los males que gestados durante siglos son muy visibles ahora. El poema que abre la última sección del libro es uno de los más extensos y simbólicos de la colección. En éste surge la ciudad de entre los escombros de nuestra historia:

Brusco el olor del azufre, repentino

color verde del agua bajo el suelo.

Bajo el suelo de México se pudren

todavía las aguas del diluvio.

Nos empantana el lago, sus arenas

movedizas atrapan y clausuran

la posible salida.[9]

La ciudad es un tema que aunque habría comenzado a tomar fuerza desde las vanguardias de los años veinte, no es sino hasta la segunda mitad del siglo xx cuando adquiere una mayor significación: es la ciudad no sólo como espectáculo o como escenario vacío, sino el lugar donde aparecen los otros, donde se comienza a desenterrar nuestro pasado, con sus héroes y villanos. La ciudad de México en El reposo del fuego será un escenario de confluencia de contrarios donde, al igual que en aquel concepto barroco discordia concors, incluye la contradicción como un elemento fundamental, lo que crea una inquietante unión de opuestos. El resultado es un ars poetica que muestra las ideas de Pacheco en torno al lenguaje y los orígenes, la influencia y la tradición[10]:

Lago muerto en su féretro de piedra.

Sol de contradicción.

(Hubo dos aguas

y a la mitad una isla.

Enfrente un muro

a fin de que la sal no envenenara

nuestra laguna dulce en la que el mito

abre las alas todavía, devora

la serpiente metálica, nacida

en las ruinas del águila. Su cuerpo

vibra en el aire y recomienza siempre.)[11]

En Visión de Anáhuac don Alfonso Reyes hablaba de estas aguas que en El reposo del fuego vuelven a surgir entre versos, como saliendo de alguna fisura del tiempo. Es el Valle de México cuya historia está enterrada pero viva; allí surgió nuestra contradictoria y enorme ciudad. Dice Reyes:

Dos lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce. Sus aguas se mezclan con ritmos de marea, en el estrecho formado por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del centro. En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas.[12]

Siendo contemporánea, es una ciudad que habla de construcción y destrucción simultáneas, que hoy resulta novedad y es la ruina de pasado mañana[13]. En esta ciudad se ilumina el cambio: lo que antes era escenario del mito —cuando el mito en verdad gobernaba la tierra— y los páramos y lagos eran sagrados, ahora es el espacio de actividad física, de lucha, de explotación, y de una realidad que sigue siendo lo que ha sido siempre: la convivencia de contrarios:

Bajo el suelo de México verdean

eternamente pútridas las aguas

que lavaron la sangre conquistada.

Nuestra contradicción –agua y aceite-

permanece a la orilla y aún divide,

como un segundo dios,

todas las cosas:

lo que deseamos ser y lo que somos.[14]

Es el testimonio, la experiencia, el saber, que somos una eterna confrontación. Es nuestra historia sepultada por nosotros mismos que a cada momento se abre paso para recordarnos lo que somos: ¿qué somos? Ésta es la pregunta que la ciudad siendo historia nos hace y se hace a sí misma. “México es búsqueda”, nos recordó Octavio Paz. Estamos ante una contradicción y una negación: el pasado español y el pasado indígena —agua y aceite— que confluyen y se mezclan, otra paradoja, en cada uno de nosotros. Porque en esta ciudad confluyen todos los tiempos, el pasado enterrado por el lodo, el presente que a cada día se desmorona y la promesa de esperanza o ruina, según se quiera, que es el futuro. Esta ciudad no es sólo lo que vemos. Significa también el espacio de nuestros antepasados y sus obras. Nos dice Pacheco:

(Si se excavan

unos metros de tierra

brota el lago.

Tienen sed las montañas, el salitre

va royendo los años.

Queda el lodo

en que yace el cadáver de la pétrea

ciudad de Moctezuma.

Y comerá también estos siniestros

palacios de reflejos, muy lealmente,

fiel a la destrucción que lo preserva.)[15]

Además de ser la descripción de una metrópoli, el contenido del poema es histórico: esta poesía nos dice que la historia no ha pasado, no estamos ante ella, sino que también somos ella. Tampoco sólo pasamos a lo largo de la historia o escribimos historia para dar testimonio de algo: somos historia. En el poema brota ese salitre que va royendo los años como alegoría del tiempo y los desastres —no pocos— por los que esta ciudad ha tenido que pasar. A esto intenta encontrar una causa el poeta:

¿Qué se hicieron

tantos jardines, las embarcaciones

y los bosques, las flores y los prados?

Los mataron

para alzar su palacio los ladrones.[16]

Nuestra contradicción y nuestro emblema

Como sabemos, México tiene como emblema oficial la imagen del águila posada en el nopal devorando una serpiente (al que también se hace alusión en El reposo del fuego, con los versos citados ya arriba “nuestra laguna dulce en la que el mito / abre las alas todavía, devora / la serpiente metálica, nacida / en las ruinas del águila…”), que según la leyenda, encontraron los antiguos peregrinos de Aztlán al llegar a Anáhuac para fundar ahí México-Tenochtitlan. José Emilio Pacheco ha cambiado el emblema por otro que tiene un significado mucho más profundo del aparente:

El ajolote es nuestro emblema. Encarna

el temor de ser nadie y replegarse

a la noche perpetua en que los dioses

se pudren bajo el lodo

y su silencio

es oro

—como el oro de Cuauhtémoc

que Cortés inventó.[17]

Un sólido antecedente de este símbolo, aunque distinto en la simbología que emana, es la salamandra del poema del mismo nombre de Octavio Paz. Es cierto que la salamandra, siendo un antiguo símbolo del fuego, guarda una estrecha relación con el poema de Pacheco; tiene, a su vez, connotaciones de cambio y reposo —al menos en cuanto lo expresado por Paz en aquel poema:

Salamandra

(negra

armadura viste el fuego)

calorífero de combustión lenta

entre las fauces de la chimenea

—o mármol o ladrillo—

tortuga estática

o agazapado guerrero japonés

y una u otro

—el martirio es reposo —

impasible en la tortura.

Salamandra

nombre antiguo del fuego

y antídoto antiguo contra el fuego

y desollada planta sobre brasas

amiante amante amianto[18]

En el poema de Paz aparece también el ajolote, pero el autor no deja de hacer la distinción con la salamandra: ésta es un símbolo europeo y particularmente ibérico (“La salamandra española / montañesa negra y roja[19]”), mientras que el ajolote es un símbolo prehispánico, particularmente azteca o mexica. En el poema “Salamandra” que Paz escribiera al comenzar los años sesenta —y del que se dice es uno de los textos de su producción de mayor estética surrealista—, se menciona también la leyenda mítica del ajolote:

No late el sol clavado en la mitad del cielo

no respira

no comienza la vida sin la sangre

sin la brasa del sacrificio

no se mueve la rueda de los días

Xólotl se niega a consumirse

se escondió en el maíz pero lo hallaron

se escondió en el maguey pero lo hallaron

cayó en el agua y fue el pez axólotl

el dos-seres

y “luego lo mataron”[20]

Son, pues, animales parecidos en forma, pero distintos en especie, y sobre todo, en significación poética y simbólica. Vayamos, para encontrar la luz, a los orígenes. La salamandra, más europea que americana, más española que mexicana, pertenece más al mundo de la alquimia: se creía, sobre todo en la edad media, que la salamandra era inmune al fuego y que incluso nacía de éste. El ajolote es del mundo del nahual[21] y pertenece al mundo prehispánico. Por otra parte, y aun siendo estas líneas ajenas a la taxonomía y al conocimiento zoológico, vale la pena rescatar algunos datos que iluminan lo poético. La salamandra es un anfibio que experimenta una metamorfosis como muchos otros anfibios ovíparos y al alcanzar la madurez desaparece de su organismo toda forma larval y cualquier indicio de mutación. El ajolote (ambystoma mexicanum) es un anfibio urodelo que conserva su forma larval aún en la adultez y es totalmente endémico de los lagos del Valle de México, en particular de aquellos de Xochimilco y Chalco. Es un anfibio neoténico, lo que quiere decir que su desarrollo fisiológico se retrasa o, en este caso en particular, se detiene del todo y conserva la forma larval hasta su periodo de adultez: su metamorfosis es perenne. Esto, llevado a términos simbólicos, nos da una significación precisa: permanece en el cambio. Dicho de otro modo, paradójicamente, su permanencia es el cambio. Igual que la imagen imposible de un reposo del fuego, el ajolote, pequeño anfibio ambiguo, hace posible un reposo activo: un cambio que se mantiene como presente.

Cuenta una leyenda antigua, entre todo ese vasto mar de la mitología mexicana, que el ajolote o axólotl (del náhuatl atl, “agua” y xólotl, “animal” o “monstruo”) es una advocación del dios Xólotl, manifestación gemelar monstruosa de Quetzalcóatl. Según el mito azteca, cuando se creó el quinto sol y comenzaba una nueva era, el astro solar no se movía y para que pudiera emprender el movimiento los dioses reunidos tenían que sacrificarse. El encargado de llevar a cabo el sacrificio, el verdugo, era Ehécatl, dios del viento, que soplando sobre los dioses los mató y al mismo tiempo comenzó el movimiento del sol y de la luna. Fray Bernardino de Sahagún cuenta lo que sucedió a Xólotl:

Y dízese que uno, llamado Xólotl, rehusava la muerte, y dixo a los dioses: “¡Oh, dioses, no muera yo!” Y llorava en gran manera, de manera que se le hincharon los ojos de llorar; y cuando llegó a él el que matava, echó a huir, ascondióse entre los maizales y bolvióse y convirtióse en pie de maíz que tiene dos cañas, y los labradores le llaman xólotl. Y fue visto y hallado entre los pies del maíz. Otra vez echó a huir, y se escondió entre los magueyes, y convirtióse en maguey que tiene dos cuerpos, que se llama mexólotl. Otra vez fue visto, y echó a huir, y metióse en el agua, y hízose pez, que se llama axólotl; de allá le tomaron y le mataron.[22]

Pero el dios Xólotl (o El Animal, también llamado) es también el dios del fuego y la personificación maligna de Venus, otra razón, (además de la hermandad gemelar con Quetzalcóatl y sus múltiples encarnaciones duales), para asociarlo con la dualidad: Venus aparece dos veces en el cielo, siendo el lucero de la mañana y el lucero vespertino. Xólotl entregó el fuego de la sabiduría a los seres humanos y se le suele asociar, por sus mutaciones para evitar el sacrificio, con el movimiento y la transformación y por ello, también con la renovación y el ciclo. De esta forma, esta deidad también es un símbolo de la negación de la muerte o, más precisamente, la voluntad de no morir. Esto último es visible incluso en la biología del ajolote, pues este anfibio tiene una extrema capacidad para regenerar las extremidades, el corazón y el cerebelo. El ajolote tiene, así, una multiplicidad de significados vinculados directamente con el fundamento de El reposo del fuego, es el símbolo que tal vez mejor represente o concentre el significado medular del poema. El ajolote es nuestro emblema: el cambio es nuestra permanencia. Es sólo a través del cambio y de la sucesión como perduramos. Esto, llevado a un plano puramente de la identidad mexicana, puede resultar en un significado que implique justo todo lo contrario: la evasión del cambio, el deseo del estancamiento, la falta de voluntad de cambiar. El reposo del fuego, escrito en los turbulentos sesenta mexicanos, es un texto que representa —con esta idea del ajolote como emblema— el estancamiento social y sobre todo político que vivió el país por muchas décadas[23]. Las masas de jóvenes en todo el mundo, en aquellos años, deseaban un cambio. México no era la excepción. Mientras que Bob Dylan cantaba el famoso estribillo “for the times they are a changing[24], José Emilio Pacheco, en un clima político de coerción de libertades y donde todo parecía estancado, con el mismo deseo de cambio que miles de personas, escribía con indignación melancólica “El ajolote es nuestro emblema”.

La imagen de este “emblema” en la literatura ha sido usada en otras latitudes, como en el cuento de Cortázar Axolotl, que se incluye en Final del juego; se basa kafkianamente en la idea del cambio, pues es la representación de una mutación, o transmutación, cuando el hombre se ve irremediablemente convertido en un ajolote. Y en el mismo sentido del cambio permanente, el ajolote que antes fuera hombre habla de ese sentimiento de eterna permanencia en el cambio, la abolición del tiempo y / o la evasión de éste: “el tiempo se siente menos si nos estamos quietos”[25], recordaba Córtazar en aquel cuento. Y el hombre, ajeno por un momento al animal, afirma la idea: “Fue su quietud lo que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente.”[26]

En la literatura mexicana, en el Bestiario de Juan José Arreola, el ajolote aparece también como una “sirenita de los lagos mexicanos”, un “pequeño lagarto de jalea. Gran gusarapo de cola aplanada y orejas de pólipo coral. Lindos ojos de rubí, el ajolote es un lingam de transparente alusión genital”[27]. Pero llama la atención, y en el sentido del ajolote como emblema que se expresa en El reposo del fuego, la relación con una posible representación de la idiosincrasia del mexicano: Roger Bartra lo adopta como una mascota arquetípica de la identidad mexicana[28] en su libro La jaula de la melancolía[29], que debate las ideas pacianas y cuyo título es una paráfrasis de El laberinto de la soledad. Octavio Paz en aquel ensayo, comenzaba hablando de “las máscaras del mexicano”. Es inquietante la cercanía y la red que se traza también entre estas ideas: el ajolote es una larva perenne y larva, quiere decir fantasma, y por extensión, lo fantasioso o lo falsario, de ahí la relación con la máscara. Lo que nos dice El reposo del fuego es que tenemos por un lado un pasado encarnado en nuestra historia, digno de rescatarse para aprender de él, unas veces oculto, otras visible en nuestras obras y ciudades. Y tenemos también la dual capacidad y posibilidad: permanecer, igual que el ajolote, estancados en el cambio, ficticia mutación —o mirar hacia el futuro. Así, como luz que ilumina un camino, el poema revela ante nosotros la pregunta de un sinfín de respuestas: ¿cuál es nuestro emblema?

Bibliografía

  • Arreola, Juan José. Bestiario – Obras, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.

· Balbuena, Bernardo de. Grandeza mexicana. Tomado de Ómnibus de poesía mexicana, Presentación, compilación y notas de Gabriel Zaid, Siglo XXI, México, 2005.

· Bartra, Roger. La jaula de la melancolía (Identidad y metamorfosis del mexicano), Edit. Debolsillo, México, 2005.

  • Cortázar, Julio. “Axolotl”, en Final del juego, Alfaguara, Madrid, 1982.

· Friis, Ronald J. José Emilio Pacheco and the poets of the shadows, Lewisburg Bucknell University Press – London Associated University Presses, Londres, 2001.

  • LaurelAntología de la poesía moderna en lengua española (Prólogo de Xavier Villaurrutia y Epílogo de Octavio Paz), Ed. Trillas, México, 2003.
  • Oviedo, José Miguel, Historia de la literatura hispanoamericana, Alianza Editorial, Madrid, 2005.
  • Pacheco, José Emilio. El reposo del fuego, en Tarde o temprano [Poemas 1958-2000], Fondo de Cultura Económica, México, 2004.
  • Paz, Octavio (comp.). Poesía en movimiento, (selección y notas de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis), Siglo XXI editores, México, 2006.
  • Paz, Octavio. Obra poética[1935-1998], Obras Completas, Tomo VII, Edit. Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2004, pp. 387-388.
  • Reyes, Alfonso. Visón de Anáhuac – Obras completas de Alfonso Reyes – Tomo II, Edit. Fondo de Cultura Económica, México, 1ª edición 1956, 1ª Reimpresión 1976.
  • Sahagún, Fray Bernardino de. Historia general de las cosas de la Nueva España, (Vol. 2), Edit. Historia 16, Madrid, 1990.
  • Soltero, Gonzalo. “Tome ajolote” en Letras libres, México, mayo 2008.
  • Zaid, Gabriel. Ómnibus de poesía mexicana, (Presentación, compilación y notas), Siglo XXI, México, 2005.


[1] José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939) ha cultivado prácticamente todos los géneros literarios que existen y se ha colocado, ya desde hace varias décadas, como una figura central en la tradición literaria mexicana. Actualmente, desde su primer publicación, Los elementos de la noche en 1963, hasta Siglo pasado (desenlace) del 2000, último poemario publicado hasta ahora, su obra poética suma doce libros.

[2] El libro se divide en tres secciones de quince poemas cada una.

[3] Piedra de sol se publicó en 1957; Muerte sin fin en 1939.

[4] Balbuena, Bernardo de. “De la famosa México el asiento”, fragmento de Grandeza mexicana. Tomado de Ómnibus de poesía mexicana, Presentación, compilación y notas de Gabriel Zaid. Siglo XXI, México, 2005, p. 353.

[5] Balbuena, Bernardo de. Grandeza Mexicana, (fragmento), tomado de Oviedo, José Miguel, Historia de la literatura hispanoamericana (Vol 1.), op. cit., p. 184.

[6] Así en Reyes, Alfonso. Visón de Anáhuac en Obras completas de Alfonso Reyes – Tomo II, Edit. Fondo de Cultura Económica, México, 1ª edición 1956, 1ª Reimpresión 1976, p. 13.

[7] Ibíd., p. 16.

[8] Pacheco, José Emilio. El reposo del fuego (I. 1), en Tarde o temprano [Poemas 1958-2000], Fondo de Cultura Económica, México, 2004p. 37.

[9] Ibíd., (III. 1) p. 51.

[10] Cfr. Friis, Ronald J. José Emilio Pacheco and the poets of the shadows, op. cit., p. 62.

[11] Pacheco, José Emilio. El reposo del fuego, III.1, en Tarde o temprano, op. cit.., p. 51.

[12] Reyes, Alfonso. Visón de Anáhuac en Obras completas de Alfonso Reyes – Tomo II, Edit. Fondo de Cultura Económica, México, 1ª edición 1956, 1ª Reimpresión 1976, p. 18.

[13] Cfr. Paz, Octavio. Epílogo de LaurelAntología de la poesía moderna en lengua española, Edit. Trillas, México, 2003, p. 509.

[14] Pacheco, José Emilio. El reposo del fuego, III.1, en Tarde o temprano, op. cit.., pp. 51-52.

[15] Ibíd., p. 52.

[16] Ibíd. (III. 6), p. 55.

[17] Ibíd., p. 52.

[18] Paz, Octavio. “Salamandra” (fragmento) en Obra poética[1935-1998], Obras Completas, Tomo VII, Edit. Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2004, pp. 387-388.

[19].Ibíd., p. 391.

[20] Ibíd.

[21] Según la mitología de aztecas y toltecas, principalmente, el nahual o nagual (del náhuatl nahualli, derivado de la raíz nau, que significa “doble” o “duplicado”) es el espíritu de un animal que protege a cada persona desde el momento en que nace y permanece como el protector y guía durante toda la vida. Se dice también que algunos chamanes o brujos con experiencia pueden adquirir la forma del nahual que los ha tomado como protegidos.

[22] Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España, Edit. Historia 16, Madrid, 1990 (Vol. 2), pp. 540-541.

[23] Basta recordar que el mismo partido político, el PRI, gobernó el país desde el año 1929 (entonces PNR) hasta el año 2000.

[24] La traducción más común para este título es “Los tiempos están cambiando”. El tercer álbum de Bob Dylan titulado The times they are a-changin’ [sic], realizado por Columbia Records, salió a la venta en 1964.

[25] Cortázar, Julio. “Axolotl”, en Final del juego, Alfaguara, Madrid, 1982, p. 153.

[26] Ibíd.

[27] Arreola, Juan José. “EL AJOLOTE”, en Bestiario – Obras, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, p. 374.

[28] Cfr. Soltero Gonzalo “Tome ajolote” en Letras libres, mayo 2008, p. 102.

[29] Véase Bartra, Roger. La jaula de la melancolía (Identidad y metamorfosis del mexicano), Edit. Debolsillo, México, 2005.


Publicado en Opción (Revista del alumnado del ITAM), N. 151.


2 comentarios:

Ivan Vergara dijo...

Estimado Javier.
Sería genial que el texto pudiera leerse sin toda la información html, ojalá puedas poner el texto exclusivamente.
Un enorme saludo, este miércoles voy a ver a Diego Vaya y a Jaime Galbarro, hablaremos de la revista, también viene Raúl Quinto de Almería, creo será una buena noche. Será en la Biblioteca Infante Elena, a las 19:30
Saludos.

Javier Villaseñor Alonso dijo...

Por razones técnicas que aún escapan a mi conocimiento, el blog sólo pude verse de manera correcta (el texto sin los protocolos html) si se abre la página con Mozilla Firefox. Si lo intentas ver con Internet Explorer te saldrán códigos y más códigos raros.